Josefa Morillo
Amanece. Refleja el ancho río
nubes doradas, juncos y palmeras,
y va a perderse en el boscaje umbrío
donde fingen unirse las riberas...
En busca de los peces, codiciosas,
a la orilla dirígense las garzas,
espantando a las tiernas mariposas
que dormitan aún entre las zarzas...
Rápida la gaviota el aire hiende,
y el cisne alisa su ropaje blanco,
bajo el florido múchite que prende
la torcida raíz en el barranco...
En la selva, el virsúchil aromoso
liban ya los sedientos colibríes,
y el cardenal despierta receloso,
alisando sus plumas carmesíes...
La pálida laguna se abrillanta,
y al beso de la honda placentera,
se entreabre el nenúfar, mientras canta,
oculta en el bambú, la primavera...
Rasga la aurora el vaporoso velo
prendido entre los montes y las aguas,
y Tlacotalpan surge, irguiendo al cielo
el trémulo penacho de sus yaguas...
¡Cuán bella es! la espléndida paleta
de natura en su hechizo se consume:
cual la mujer amada del poeta,
tiene el color, la línea y el perfume...
Y hay en esa luz encantos sin iguales.
Porque esa luz, Elodia, es la que vimos
sonreír en el huerto y los portales
de la casita blanca en que nacimos...
¡Oh, mi tierra adorada! Al contemplarte,
goza mi alma y se eleva agradecida...
¡Quién conquistara un lauro que dejarte
como una ofrenda al terminar la vida!