José Asunción Silva

Futura

Es en el siglo veinticuatro,

en una plaza de Francfort

por donde cruza el tren más rápido

de Liverpool para Cantón.

La multitud que se aglomera

de un pedestal alrededor

forma un murmullo que semeja

el del mar en agitación.

Suena la música de Wagner

y el estampido del cañón,

y entre los hurras populares

sube a su puesto el orador.

Es el Alcalde, Karl Hamstaengel,

el que preside la reunión

y en el silencio que se agranda

dice con monótona voz:

«¡Ciudadanos! ¡Compatriotas!

¡Salud! Honrad al fundador

de la más grande de las obras

de nuestra santa religión.

Eterna gloria a su divisa,

eterna gloria al redentor

que con su ejemplo y sus palabras

el idealismo desterró.

Salud al genio sobrehumano

cuyo evangelio derramó

de este planeta por los ámbitos

la postrera revelación.

¡Paz y salud a los creyentes!

¿Cuál de nosotros lo invocó

sin sentir instantáneamente

mejorarse la digestión?

¿Cuál en sus heroicos ensueños

de entusiasmo y de valor

al inspirarse en sus ejemplos

no vencerá la tentación?

Ha cuatro siglos que los hombres

lo proclaman único Dios;

¡Su imagen ved, su noble imagen,

su imagen ved!»

...Un gran telón

se va corriendo poco a poco

del pedestal alrededor,

y la estatua de Sancho Panza

ventripotente y bonachón,

perfila el contorno de bronce

sobre el cielo ya sin color...

Cuando de pronto estalla un grito,

un grito inmenso, atronador,

de quince mil quinientas bocas

como de una sola voz,

que ladra: «¡Abajo los fanáticos!

¡Abajo el culto! ¡Abajo Dios!»

Es un mitin de nihilistas,

y en una súbita explosión

de picrato de melinita

vuelan estatua y orador.