Josefa Morillo
Un poeta, si no me engaño
pariente y amigo mío,
me regaló por mi daño
unos versitos “al río”.
El tal río ha comparado
a luenga cinta de plata
y al limpio cristal cuajado
en que el cielo se retrata.
Pinta, con modo gracioso,
la mariposa sencilla
y al blanco lirio oloroso
que crece junto a la orilla.
Y después, la onda callada;
y luego, la nívea espuma;
y sigue con la alborada
y prosigue con la bruma.
Tanto en sus versos miré
descrito con gracia y brío
que al terminar, exclamé:
¡Señor, yo no he visto al río!
Y esto diciendo, me fui
y a un bongo entré, sin pensar,
por mirar lo que leí,
que un chasco me iba a llevar.
No hubo tal cinta de plata
ni tal cristal; y presumo
que el cielo mal se retrata
en el agua de resumo.
La mariposa sencilla
en vano esperé, tal vez
no vino la pobrecilla
por su mucha sencillez.
En cambio, con frenesí,
desatentados y fieros,
se lanzaron sobre mí
los alados trompeteros.
El consiguiente martirio
hasta con gusto parece
que sufrí, por ver el lirio
que junto a la orilla crece.
Y a la primera mirada,
vi en el agua suspendida
una cosa algo abofada
que se calla por sabida.
Paréntesis: —para oler
esto que callo del cuento,
se necesita tener
narices de Ayuntamiento.
¿Cómo puede haber poesía,
señor, con estos ediles?
¿Pensarán que es ambrosía
la carga de los barriles?
Navegando entre jonotes
con ansia y gusto infinito,
iban veinte zopilotes
destripando un becerrito.
Mientras un lagarto muerto,
y ya casi hecho mofongo,
pasaba flotando incierto
¡Y se estrellaba en el bongo!
No quise esperar la bruma
enmedio de tanto aroma;
y huyendo de aquella espuma,
me vine a escribir la broma.
Suplicando a mi pariente
que, si me manda otro canto,
cante en estilo prudente
¡y no me entusiasme tanto!