Amado Nervo

Doctrinando

Los jardines interiores

«Ya que de Dios en conversar te empeñas,

ya que desprecia tu cerebro helado

el amor que te di por el que sueñas,

háblame de ese Dios, mi bien amado!»

 

Y el teólogo de faz de crucifijo,

de gran melena y de mirar profundo,

feliz de doctrinar, «¡Oh! Blanca, dijo,

Dios es el alma inmaterial del mundo».

 

«Existe dondequiera en vario modo:

per se, por su virtud y su presencia;

per se, ya que lo invade y llena todo,

penetrándolo todo de su esencia»;

 

«por su virtud también, que sometidos

a Dios están y su mandato arguyen,

Favonio blando si columpia nidos

o Boreas y Aquilón si los destruyen»;

 

«y en presencia, porque es omnividente:

su pupila equilátera fulgura

en el disco del sol indeficiente,

en Arturo, en Capella, en Cinosura».

 

«¿Qué, no adivinas con instinto infuso

de su eterna mirada el embeleso

alumbrando tu espíritu confuso?»

 

Y respondió: -«Tu Dios es muy abstruso,

yo prefiero tus labios... ¡Dame un beso!»