Carolina Coronado

A mi hermano Emilio

Memorias de la infancia

 

Ya no es tan joven mi vida

que desde esta cima, hermano,

logre ver distinto el llano

donde quedó mi niñez.

Es la pradera florida

bajo la sombra de un monte,

y por eso es su horizonte

más delicioso, tal vez.

 

Yo con el rostro no acierto

de ese tiempo fugitivo,

mas su belleza percibo

de los años al trasluz,

como aquel reflejo incierto,

aquellos matices rojos

que perciben nuestros ojos

cerrados frente a la luz.

 

Yo no sé lo que soñaba...

mas recuerdo mis amores;

sé que amaba entre las flores

a un hermoso tulipán:

y que a mis solas le hablaba,

Emilio, tan dulcemente

que murmuraba el ambiente

celoso en mi tierno afán.

 

Lloré cuando se agostaba

su cabeza peregrina...

pero amé a la golondrina

así que la flor murió:

la golondrina emigraba

y entonces, Emilio mío,

a mi constante amorío

buscaba otro objeto yo.

 

¡Oh! ¡Todo me enamoraba

en aquel tiempo querido!

¡ Cuál me recuerda un sonido

el ave y el tulipán;

y la fuente que manaba

el agua que yo bebía

y el campo donde crecía

la semilla de mi pan!...

 

¡Pero si no me comprendes,

si aquella edad ha pasado

y yo ya tengo olvidado

el suave idioma infantil!

si por acaso me atiendes

huyes riendo a deshora,

¿por qué no estoy en tu aurora

o tú no estás en mi abril?

 

Tú juzgas porque me hallaste,

bello garzón, a tu lado

que una ruta ha señalado

a nuestra existencia Dios:

no, que tu vía empezaste

en la mitad de la mía

y poco por esa vía

iremos juntos los dos.

 

Emilio, cuando recuerdes

cual yo tu pasada infancia,

ya habrá una eterna distancia

que me separe de ti;

entonces, tal vez, te acuerdes

de mí, cual yo de las flores,

y entre tus tiernos amores

me cuentes, Emilio, a mí.

 

Ermita de Bótoa, 1844