Anonyme

Semillas

Mi abuela enterraba semillas

sin mirarlas más,

con una fe que no explicaba

porque no necesitaba.

 

Cavaba con las manos,

despacio, con cuidado,

como si lo que plantara

fuera algo frágil y valioso.

 

Luego cubría la tierra

con las palmas abiertas,

la alisaba con ternura,

y se levantaba sin hablar.

 

Nunca revisaba si crecían.

Nunca volvía al día siguiente

a comprobar la tierra,

a buscar el primer brote.

 

Decía que confiar era eso:

soltar y no preguntar.

Dar y no esperar recibo.

Sembrar y olvidar el campo.

 

Yo la miraba sin entender,

con mi urgencia de diez años,

queriendo saber ya,

queriendo ver ya el resultado.

 

Ahora tengo su edad

cuando hacía esas cosas.

Y entiendo, por fin, que el tiempo

no se le puede pedir nada.

 

Que hay cosas que crecen solas

si las dejas en paz.

Personas, proyectos, afectos,

dolores que se van curando.

 

Mi abuela lo sabía.

Yo lo estoy aprendiendo.

Cada vez que suelto algo

sin mirar atrás,

 

la veo a ella,

las palmas sobre la tierra,

sonriendo sin sonreír,

convencida de todo.