Amado Nervo

XXXII

Perlas negras

Virgencita, ya cayeron

en redor las hojas secas;

los ponientes ya no lucen

de su púrpura las galas,

y la escarcha, como lino

desgajado de las ruecas,

leve cruza por el valle,

de los cierzos en las alas.

Allá, lejos, en los flancos

sin verdor de la colina,

en la falda de los montes,

en los húmedos collados,

en la margen de las fuentes,

se acurruca la neblina

como grey de temblorosos

corderillos fatigados.

Virgencita, ya en el alma

no hay ensueños n'ilusiones;

como pájaros medrosos

se lanzaron al vacío

en demanda de otros nidos

los ardientes corazones,

y murieron asaetados

por la lluvia y por el frío...

Ven conmigo, yo te ofrezco

mi fogón, embalsamado

por la goma de los troncos

que crepitan y chispean;

soñarás mientras los cierzos,

con acento fatigado,

ya sollozan a las rejas,

ya, en la cumbre del tejado,

la balada del invierno

lentamente canturrean...