Francisco de Quevedo

Amante desesperado del premio y obstinado en amar

¡Qué perezosos pies, qué entretenidos

pasos lleva la muerte por mis daños!

El camino me largan los engaños

y en mí se escandalizan los perdidos.

 

Mis ojos no se dan por entendidos;

y por descaminar mis desengaños,

me disimulan la verdad los años

y les guardan el sueño a los sentidos.

 

Del vientre a la prisión vine en naciendo;

de la prisión iré al sepulcro amando,

y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.

 

Cuantos plazos la muerte me va dando,

prolijidades son, que va creciendo,

porque no acabe de morir penando.