Luisa Pérez de Zambrana

Mi casita blanca

En medio de esta paz tan lisonjera

que nunca turba doloroso invierno

no sé por qué de mi alma se apodera

siempre un recuerdo pesaroso y tierno.

 

Un recuerdo tan grato como triste,

que convida a llorar, pero no abruma,

un celeste recuerdo que se viste

de aromas, de celajes y de espuma.

 

Que trae de un bosque la amorosa sombra,

que trae de un río el cariñoso ruido,

cuyo rumor dulcísimo me nombra

algún pasado que me fue querido.

 

No sé si es sueño; nero entonces creo

conocer el murmullo de la ola,

y entre las ramas levantarse veo

mi casita de guano, blanca y sola.

 

¡Oh mi verde retiro! quién pudiera

ver otra vez tus deliciosos llanos,

y quién bajo tus álamos volviera

como antes a jugar con mis hermanos.

 

Y ver mi lago de color de cielo

donde yo con mis pájaros bebía,

mi loma tan querida, mi arroyuelo,

mi palma verde a cuyo pie dormía.

 

Mis árboles mirándose en el río,

mis flores contemplando las estrellas,

mis silenciosas gotas de rocío

y mis rayos de sol temblando en ellas.

 

¡Oh mi casita blanca! recordando

el tiempo que pasara sin congojas,

viendo correr el agua y escuchando

el himno cadencioso de las hojas,

 

he llorado mil veces; que allí amaba

una rama de tilo, un soto umbrío,

un lirio, un pajarillo que pasaba,

una nube, una gota de rocío.

 

¡Oh mi risueño hogar! ¡oh nido amado!

lleno de suavidad y de inocencia!

que en tu musgo sedoso y azulado

se deshoje la flor de mi existencia.

 

Y cuando llegue entristecida y grave

la muerte con las manos sobre el pecho,

mire vagar como un celaje suave

el ángel de la paz sobre mi lecho.

 

Y al cerrar mis pupilas dulcemente

que vaya la virtud sencilla y pura

a apoyar melancólica la frente

en la cruz de mi triste sepultura.