Manuel Acuña

El giro

II

 

Aún no se alzaba del todo

la niebla de la mañana,

y aún no acertaban a darse

cuenta de tamaña audacia

los sitiadores furiosos

que sorprenderle esperaban,

cuando al galope y bajando

camino de la cañada,

vieron venir a lo lejos

un grupo de gente armada,

compuesto de ocho jinetes

y el hombre que los mandaba;

en mayor número que ellos

y con superiores armas,

seguros de la victoria

fácil que se les aguarda,

todos empuñan las riendas,

todos afirman la lanza,

todos ven al enemigo

todos miden la distancia,

y en silencio y todos ellos

prontos a ponerse en marcha,

sólo esperan a que llegue

la hora de entrar en batalla.

Los insurgentes en tanto

viendo las huestes contrarias,

más de coraje la encienden

y más de amor la entusiasman,

y ansiosos de dar su sangre

por la salud de la patria,

sobre el caballo inclinan,

la floja rienda adelantan,

y fijos los barboquejos

y el sombrero hacia la espalda,

entre la niebla y el polvo

corren, y vuelan y avanzan,

siguiendo entre los peñascos

al hombre de la cañada.

Y ya los de Bustamante

su primer paso avanzaban,

anhelando en su impaciencia

cómo acortar la distancia

que la interpuesta colina

con un recodo aumentaba;

cuando de pie en lo más alto

de las rocas escarpadas,

vieron alzarse a un jinete

que con voz sonora y clara,

"Yo soy el Giro –les dijo,

-si al Giro es a quien aguardan;

y el que lo busque que venga

si tiene honor y tiene alma,

que a todos espera el Giro

frente a frente y cara a cara"-

Dijo: y los fieros dragones

al grito de "¡Viva España!"

como un solo hombre treparon

hasta donde el Giro estaba

dispuesto como los suyos

a sucumbir por la patria. . .

Y fue la lucha, y terribles

al dar la espantosa carga,

insurgentes y realistas

ardiendo en cólera y rabia,

se entremezclaron sedientos

de victoria y de matanza. . .

Quiso la triste fortuna

favorecer a la España,

el brillo de sus fulgores

negándole a nuestras armas,

que ya de los insurgentes

uno tan sólo quedaba

a caballo todavía,

pero ya herido y sin armas.

Era el Giro, que entre doce

dragones que le rodeaban,

sin rendirse al desaliento

ni inclinarse a la desgracia,

luchaba y arremetía

contra el que más se acercaba,

convirtiendo a su caballo,

a un tiempo en escudo y arma.

Por fin un brazo atrevido

clavó en su pecho una lanza,

perder haciéndole el poco

aliento que le quedaba;

pero él aunque ya en el suelo,

con fuerza siempre y con alma,

coge la lanza, del pecho

sin vacilar se la arranca,

y estremecido y al grito

de independencia y de patria,

de pie sobre los peñascos

a sus contrarios aguarda;

y después de herir a todos

los que acercársele ensayan,

hace huir a los restantes

que ante heroicidad tamaña

se alejan, y desde lejos

lo rematan a pedradas.