Pedro Salinas

Cero

IV

 

El cero cae sobre ellas.

Ya no las veo, a las muchas,

las bellísimas, deshechas,

en esa desgarradora

unidad que las confunde,

en la nada, en la escombrera.

 

Por el escombro busco yo a mis muertos;

más me duele su ser tan invisibles.

Nadie los ve: lo que se ve son formas

truncas; prodigios eran, singulares,

que retornan, vencidos, a su piedra.

Muertos añosos, muertos a lo lejos,

cadáveres perdidos,

en ignorado osario perfecciona

la Tierra, lentamente, su esqueleto.

Su muerte fue hace mucho. Esperanzada

en no morir, su muerte. Ánima dieron

a masas que yacían en canteras.

Muchas piedras llenaron de temblores.

Mineral que camina hacia la imagen,

misteriosa tibieza, ya corriendo

por las vetas del mármol,

cuando, curva tras curva, se le empuja

hacia su más, a ser pecho de ninfa.

Piedra que late así con un latido

de carne que no es suya, entra en el juego

-ruleta son las horas y los días-:

el jugarse a la nada, o a lo eterno

el caudal de sus formas confiado:

el alma de los hombres, sus autores.

Si es su bulto de carne fugitivo,

ella queda detrás, la salvadora

roca, hija de sus manos, fidelísima,

que acepta con marmóreo silencio

augusto compromiso: eternizarlos.

Menos morir, morir así: transbordo

de una carne terrena a bajel pétreo

que zarpa, sin más aire que le impulse

que un soplo, al expirar, último aliento.

Travesía que empieza, rumbo a siempre;

la brújula no sirve, hay otro norte

que no confía a mapas su secreto;

misteriosos pilotos invisibles,

desde tumbas los guían, mareantes

por aguja de fe, según luceros.

Balsa de dioses, ánfora.

Naves de salvación con un polícromo

velamen de vidrieras, y sus cuentos

mármol, que flota porque vista de Venus.

Naos prodigiosas, sin cesar hendiendo

inmóviles, con proas tajadoras

auroras y crepúsculos, espumas

del tumbo de los años; años, olas

por los siglos alzándose y rompiendo.

Peripecia suprema día y noche,

navegar tesonero

empujado por racha que no atregua:

negación del morir, ansia de vida,

dando sus velas, piedras, a los vientos.

Armadas extrañísimas de afanes,

galeras, no de vivos, no de muertos,

tripulaciones de querencias puras,

incansables remeros,

cada cual con su remo, lo que hizo,

soñando en recalar en la celeste

ensenada segura, la que está

detrás, salva, del tiempo.