Luisa Pérez de Zambrana

A mi amigo A.L.

*Al querer retratarme en un pedestal

coronada de laurel.*

 

Mi noble amigo:

 

el delicado y generoso obsequio

conmovida agradezco; mas no quieras

verme subir al pedestal que me alzas,

con la vista inclinada y con la frente

por ti ceñida de laurel glorioso,

teñida de rubor... no, amigo mío;

pinta un árbol más bien, hojoso y fresco

en vez de pedestal, y a mí a su sombra

sentada con un libro entre las manos,

y la frente inclinada suavemente

sobre sus ricas páginas, leyendo

con profunda atención; no me circundes

de palomas, de laureles ni de rosas,

sino de fresca y silenciosa grama;

y en lugar de la espléndida corona

pon simplemente en mis cabellos lisos

una flor nada más, que más convienen

a mi cabeza candorosa y pobre

las flores que los lauros...

No me pintes más blanca ni más bella;

píntame como soy, trigueña, joven,

modesta y sin beldad; vísteme sólo

de muselina blanca, que es el traje

que a la tranquila sencillez de mi alma

y a la escasez de la fortuna mía

armoniza más bien...

 

Píntame en torno

un horizonte azul, un lago terso

y un sol poniente, cuyos rayos tibios

acaricien mi frente sosegada.

Píntame así, que el tiempo poderoso

pasará velozmente, como un día,

y después que esté muerta y olvidada,

a la sombra del árbol silencioso

con la frente inclinada

me hallarás estudiando todavía.