Carolina Coronado

La aurora de San Alberto

Días hay en nuestra vida

más grandes que los demás,

en que el alma suspendida

mira la extensión perdida

que vamos dej ando atrás.

 

En ellos nos detenemos

para ver los desengaños

que del camino traemos;

es un descanso que hacemos

una vez todos los años.

 

Por nuestra tierra viajero

hoy te toca el alto hacer

en este valle postrero,

donde acerté yo a nacer

y donde morir espero.

 

Vas a pasar uno aquí

de aquellos tan grandes días

que la vida tiene en sí,

y darle me place a mí

cariñosas armonías.

 

Este solo, en el concierto

de nuestra existencia entera

celebro contigo, Alberto,

que ambos en este desierto

nos vemos por vez postrera.

 

Y es deber de la amistad

que, al reunimos aquí Dios,

cante con solemnidad

la sola festividad

que vemos al par los dos.

 

Días de dichosa suerte

que yo a cantarte no acierto

podrán los años traerte,

pero yo ya no he de verte

otro día de San Alberto.

 

Sus caminos al cruzar

hoy se ven dos en la vida

para no volverse a hallar:

así mi canto a la par

es saludo y despedida.

 

Mucho cielo y muchos mares

va la suerte a colocar

¡ay! entre ti y mis cantares;

por eso debes llevar

un eco de estos lugares.

 

Y la más bella armonía

que con vago tono incierto

darte pueda el alma mía,

es cantar en su poesía

la aurora de San Alberto.