Pedro Salinas

Cero

III

 

¿Se puede hacer más daño, allí en la Tierra?

Polvo que se levanta de la ruina,

humo del sacrificio, vaho de escombros

dice que sí se puede. Que hay más pena.

Vasto ayer que se queda sin presente,

vida inmolada en aparentes piedras.

 

¡Tanto afinar la gracia de los fustes

contra la selva tenebrosa alzados

de donde el miedo viene al alma, pánico!

Junto a un altar de azul, de ola y espuma,

el pensar y la piedra se desposan;

el mármol, que era blanco, es ya blancura.

Alborean columnas por el mundo,

ofreciéndole un orden a la aurora.

No terror, calma pura da este bosque,

de noble savia pórtico.

Vientos y vientos de dos mil otoños

con hojas de esta selva inmarcesible

quisieran aumentar sus hojarascas.

Rectos embisten, curvas les engañan.

Sin botín huyen. ¿Dónde está su fronda?

No pájaros, sus copas, procesiones

de doncellas mantienen en lo alto,

que atraviesan el tiempo, sin moverse.

 

Este espacio que no era más que espacio

a nadie dedicado, aire en vacío,

la lenta cantería lo redime

piedras poniendo, de oro, sobre piedras,

de aquella indiferencia sin plegaria.

Fiera luz, la del sumo mediodía,

claridad, toda hueca, de tan clara

va aprendiendo, ceñida entre altos muros

mansedumbres, dulzuras; ya es misterio.

Cantan coral callado las ojivas.

Flechas de alba cruzan por los santos

incorpóreos, no hieren, les traen vida

de colores. La noche se la quita.

La bóveda, al cerrarse abre más cielo.

Y en la hermosura vasta de estos límites

siente el alma que nada la termina.

 

Tierra sin forma, pobre arcilla; ahora

el torno la conduce hasta su auge:

suave concavidad, nido de dioses.

Poseidón, Venus, Iris, sus siluetas

en su seno se posan. A esta crátera

ojos, siempre sedientos, a abrevarse

vienen de agua de mito, inagotable.

Guarda la copa en este fondo oscuro

callado resplandor, eco de Olimpo.

Frágil materia es, mas se acomodan

los dioses, los eternos, en su círculo.

 

Y así, con lentitud que no descansa,

por las obras del hombre se hace el tiempo

profusión fabulosa. Cuando rueda

el mundo, tesorero, va sumando

-en cada vuelta gana una hermosura-

a belleza de ayer, belleza inédita.

Sobre sus hombros gráciles las horas

dádivas imprevistas acarrean.

¿Vida? Invención, hallazgo, lo que es

hoy a las cuatro, y a las tres no era.

Gozo de ver que si se marchan unas

trasponiendo la ceja de la tarde,

por el nocturno alcor otras se acercan.

Tiempo, fila de gracias que no cesa.

¡Qué alegría, saber que en cada hora

algo que está viniendo nos espera!

Ninguna ociosa, cada cual su don;

ninguna avara, todo nos lo entregan.

Por las manos que abren somos ricos

y en el regazo, Tierra, de este mundo

dejando van sin pausa

novísimos presentes: diferencias.

 

¿Flor? Flores. ¡Qué sinfín de flores, flor!

Todo, en lo igual, distinto: primavera.

Cuando se ve la Tierra amanecerse

se siente más feliz. La luz que llega

a estrecharle las obras que este día

la acrece su plural. ¡Es más diversa!