Luisa Pérez de Zambrana

La vuelta al bosque

(Después de la muerte de mi esposo)

 

“Vuelves por fin, ¡oh dulce desterrada!,

“con tu lira y tus sueños,

“y la fuente plateada

“con bullicioso júbilo te nombra,

“y te besan los céfiros risueños

“bajo mi undoso pabellón de sombra.”

Así, al verme, dulcísimo gemía

el bosque de mis dichas confidente;

¡oh bosque! ¡oh bosque!, sollocé sombría,

mira esta mustia frente,

y el triste acento dolorido sella,

siglos de llanto ardiente

y oscuridad de muerte traigo en ella.

Mira esta mano pura

¡ay! que ayer ostentó, resplandeciendo,

el cáliz del amor y la ventura,

hoy viene sobre el seno comprimiendo

una herida mortal... ¡Bosque querido!

¡tétricas hojas! ¡lago solitario!

estrella que en el cielo oscurecido

rutilas como un cirio funerario!

¡lúgubres brisas y desierta alfombra!

¡alzad eterno y funeral gemido,

que el mirto de mi amor estremecido

cerró su flor y se cubrió de sombra!

Sobre la frente pálida y querida

que el genio coronaba esplendoroso,

y la virtud con su inefable calma,

sobre la frente ¡oh Dios! del dulce esposo,

ídolo de mi alma,

y altar de humanidad y de dulzura,

alzó la muerte oscura

la pavorosa noche de sus alas;

y cual la tierna alondra que en su vuelo,

atraviesan las balas

y expirante y herida

baja, bañada en sangre desde el cielo,

y queda yerta y rígida en el suelo

con el ala extendida,

así mi corazón de espanto frío

quedó al golpe ¡Dios mío!

que mi vida cubrió de eterno duelo.

Cuando volvió a la luz el alma inerte,

la tierra, la montaña, el mar, el cielo,

no eran más que el sudario de la muerte.

¡Oh bosque! ¡oh caro bosque! todavía

de este dolor la tempestad sombría

ruge en mi corazón estremecido,

y gira el pensamiento desolado

como un astro eclipsado

entre tinieblas lóbregas perdido.

Y aquí estoy otra vez... ¡oh qué tristeza

me rompe el corazón...! Sola y errante

vago en tu melancólica maleza,

por todas partes con dolor tendiendo

el mirar vacilante;

ya me detengo trémula, sintiendo

el próximo rumor de un paso amante;

ora hago palpitante

ademán de silencio a bosque y prado,

para escuchar temblando y sin aliento,

un eco conocido que ha pasado

en las alas del viento;

ora ¡oh Dios! de la luna entristecida

a los rayos tranquilos,

miro cruzar su idolatrada sombra

por detrás de los tilos:

y la llamo y la busco estremecida

entre el ramaje umbrío,

en el terso cristal de la laguna,

bajo las ramas del abeto escaso,

mas en parte ninguna

hallo señal ni huella de su paso.

¡Tríste y gimiente río

que los pies de estos árboles plateas!

¿por qué no retuviste

y en tus urnas de hielo no esculpíste

su fugitiva imagen? ¡Aura triste

que entre las hojas tu querella exhalas!

¿por qué no aprisionastes en tus alas

el eco tanto tiempo no escuchado

de su adorada voz? ¡Oh bosque amado!

¡oh gemebundo bosque! ya no pidas

sonrisas a estos labios sin colores

que con dolor agito;

pues no pueden nacer hojas y flores

sobre un tallo marchito.

Que ya en el mundo, mis inciertos ojos

sólo ven un sepulcro que engalana

flor macilenta con cerrado broche,

y allí me encuentran pálida y de hinojos

las lágrimas de luz de la mañana

y los insomnes astros de la noche.

Otras veces aquí ¡cuán diferente

vagué en su cariñosa compañía!

El arroyo luciente

como un velo de luz se estremecía

sobre la yerba humedecida y grata,

allá el movible mar desenvolvía

encajes brillantísimos de plata,

y tembladoras, pálidas y bellas

en el éter azul asemejaban

abiertos lirios de oro las estrellas.

El con mi mano entre su mano pura

bajo flores que alegres sonreían,

me hablaba de sus sueños de ternura;

mientras con movimiento dulce y blando,

las copas de los álamos gemían

nuestras unidas frentes sombreando.

¡Oh vida de mi vida! ¡oh caro esposo!

¡amante, tierno, incomparable amigo!

¿dónde, dónde está el mundo

de luz y amor que respiré contigo?

¿dónde están ¡ay! aquellas

noches de encanto y de placer profundo

en que estudié contigo las estrellas,

o escuchamos los trinos

de las tórtolas bellas

que encerraban las alas en los pinos?

¿Y nuestras dulces confidencias puras

en estas rocas áridas sentados?

¿Dónde están nuestras íntimas lecturas

sobre la misma página inclinados?

¿nuestra plática tierna

al eco triste de la mar en calma?

¿y dónde la dulcísima y eterna

comunión de tu alma y de mi alma?

¡Lágrima de dolor abrasadora

que corres por mi pálida mejilla!

ya no hay flores ni aromas en el suelo,

ya el ruiseñor no llora,

ya la luna no brilla,

y en la desierta lividez del cielo

se borraron los astros y la aurora.

Que ya todo pasó, pasó ¡Dios mío!

para jamás volver; ¿a dónde ¡oh cielo!

a dónde iré sin él, por el vacío

de esta noche sin fin? ¡Fúnebre bosque!

hoy todo es muerte para mí en la tierra,

en la llanura con inmenso duelo

se elevan los cipreses desolados

como espectros umbríos,

las brumas en la frente de la sierra

crespones son que pasan enlutados,

van en las nubes féretros sombríos,

el mar gimiendo azota la ribera,

con sollozo de muerte el viento zumba,

y es, ante mí, la creación entera

la gigantesca sombra de una tumba.