Ramón López Velarde

La última odalisca

Mi carne pesa, y se intimida

porque su peso fabuloso

es la cadena estremecida

de los cuerpos universales

que se han unido con mi vida.

 

Ámbar, canela, harina y nube

que en mi carne al tejer sus mimos,

se eslabonan con el efluvio

que ata los náufragos racimos

sobre las crestas del Diluvio.

 

Mi alma pesa, y se acongoja

porque su peso es el arcano

sinsabor de haber conocido

la Cruz y la floresta roja

y el cuchillo del cirujano.

 

Y aunque todo mi ser gravita

cual un orbe vaciado en plomo

que en la sombra paró su rueda,

estoy colgado en la infinita

agilidad del éter, como

de un hilo escuálido de seda.

 

Gozo... Padezco... Y mi balanza

vuela rauda con el beleño

de las esencias del rosal:

soy un harén y un hospital

colgados juntos de un ensueño.

 

Voluptuosa Melancolía:

en tu talle mórbido enrosca

el Placer su caligrafía

y la Muerte su garabato,

y en un clima de ala de mosca

la Lujuria toca a rebato.

 

Mas luego las samaritanas,

que para mí estuvieron prestas

y por mí dejaron sus fiestas,

se irán de largo al ver mis canas,

y en su alborozo, rumbo a Sión,

buscarán el torrente endrino

de los cabellos de Absalón.

 

¡Lumbre divina, en cuyas lenguas

cada mañana me despierto:

un día, al entreabrir los ojos,

antes que muera estaré muerto!

 

Cuando la última odalisca,

ya descastado mi vergel,

se fugue en pos de nueva miel

¿qué salmodia del pecho mío

será digna de suspirar

a través del harén vacío?

 

Si las victorias opulentas

se han de volver impedimentas,

si la eficaz y viva rosa

queda superflua y estorbosa,

¡oh, Tierra ingrata, poseída

a toda hora de la vida:

en esa fecha de ese mal,

hazme humilde como un pelele

a cuya mecánica duele

ser solamente un hospital!