Julio Herrera y Reissig

El secreto

Los éxtasis de la montaña

Se adoran. Timo atiende solícita al gobierno

de su casuca blanca. Bion, a sus pocas reses.

Y bajo la tutela de días sin reveses,

Amor retoza y medra como un cabrito tierno.

 

Con casta dicha, Timo, en el claustro materno,

siente latir un nuevo corazón de tres meses...

Y sueña, en sus oscuros arrobos montañeses,

que la penetra un rayo del Dinamismo Eterno.

 

Ante el amante, presa de ardores purpurinos,

se turba y el secreto tiembla en sus labios rojos:

huye, torna, sonríe, se oculta entre los pinos...

 

Bion calla, pero apenas descifra sus sonrojos

la estrecha, y en un beso pone el alma en sus ojos

donde laten los últimos ópalos vespertinos.