Ramón López Velarde

Tu palabra más fútil

Magdalena, conozco que te amo

en que la más trivial de tus acciones

es pasto para mí, como la miga

es la felicidad de los gorriones.

 

Tu palabra más fútil

es combustible de mi fantasía,

y pasa por mi espíritu feudal

como un rayo de sol por una umbría.

 

Una mañana (en que la misma prosa

del vivir se tornaba melodiosa)

te daban un periódico en el tren

y rehusaste, diciendo con voz cálida:

«¿Para qué me das esto?» Y estas cinco

breves palabras de tu boca pálida

fueron como un joyel que todo el día

en mi capilla estuvo manifiesto:

Y en la noche, sonaba tu pregunta:

«¿Para qué me das esto?»

 

Y la tarde fugaz que en el teatro

repasaban tus dedos, Magdalena,

la dorada melena

de un chiquillo... Y el prócer ademán

con que diste limosna a aquel anciano...

Y tus dientes que van

en sonrisa ondulante, cual resúmenes

del sol, encandilando la insegura

pupila de los viejos y los párvulos...

Tus dientes, en que están la travesura

y el relámpago de un pueril espejo

que aprisiona del sol una saeta

y clava el rayo férvido en los ojos

del infante embobado

que en su cuna vegeta...

 

También yo, Magdalena, me deslumbro

en tu sonrisa férvida; y mis horas

van a tu zaga, hambrientas y canoras,

como va tras el ama, por la holgura

de un patio regional, el cortesano

séquito de palomas que codicia

la gota de agua azul y el rubio grano.