Gertrudis Gómez de Avellaneda

A Francia

Al tratarse de la traslación de los restos de Napoleón a París

 

Bástete ¡oh Francia! la atronante gloria

Con que llenó tus ámbitos el hombre;

Bástete ver en inmortal historia

Unido al tuyo su preclaro nombre.

Bástete la memoria

De aquellos grandes días

En que a su voz la Europa estremecías,

Y deja al mundo ese sepulcro austero

Donde el hado severo

Guarda al gigante de ambición y orgullo,

Entre esas peñas áridas y solas;

Mientras el mar -con turbulento arrullo-

Quiebra a sus pies las espumantes olas.

 

¡Déjale allí! Sin comitiva, aislado

Duerma en su roca solitaria y fría

El rey sin dinastía...

No en panteón estrecho sepultado,

De París oiga el bacanal rüido,

Entre vulgares reyes confundido.

 

¡Déjale, que supuesto es Santa Elena!

Los nombres poderosos

De Wagram, de Austerliz, Marengo y Jena

No volverán los ecos silenciosos,

La paz turbando de la tosca tumba,

A que no presta con sus alas sombra

El águila imperial, ni el hueco bronce

Por saludarla omnívomo retumba

Pero allí el mundo mírala, y se asombra

Del misterio que muda le revela;

Pues el fantasma inmenso,

Que entre cielo y abismo allí suspenso

Cumple quizás designios soberanos,

Es de la humana historia un monumento,

Que a pueblos y a tiranos

Dé alta lección, terrífico escarmiento!