Ramón López Velarde

ÁNIMA ADORATRIZ

Mi virtud de sentir se acoge a la divisa

del barómetro lúbrico, que en su enagua violeta

los volubles matices de los climas sujeta

con una probidad instantánea y precisa.

 

Mi única virtud es sentirme desollado

en el templo y la calle, en la alcoba y el prado.

 

Orean mi bautismo, en alma y carnes vivas,

las ráfagas eternas entre las fugitivas.

 

Todo me pide sangre: la mujer y la estrella,

la congoja del trueno, la vejez con su báculo,

el grifo que vomita su hidráulica querella,

y la lámpara, parpadeo del tabernáculo.

 

Todo lo que a mis ojos es limpio y es agudo

bebe de mis droláticas arterias el saludo.

 

Mi ángel guardián y mi demonio estrafalario,

desgranando granadas fieles, siguen mi pista

en las vicisitudes de la bermeja lista

que marca, en tierra firme y en mar, mi itinerario.

 

Como aquel que fue herido en la noche agorera

y denunció su paso goteando la acera,

yo puedo desandar mi camino rubí,

hasta el minuto y hasta la casa en que nací

místicamente armado contra la laica era.

 

Dejo, sin testamento, su gota a cada clavo

teñido con la savia de mi ritual madera;

no recojo mi sangre, ni siquiera la lavo.

 

Espiritual al prójimo, mi corazón se inmola

para hacer un empréstito sin usuras aciagas

a la clorosis virgen y azul de los Gonzagas

y a la cárdena quiebra del Marqués de Priola.

 

¿En qué comulgatorio secreto hay que llorar?

¿Qué brújula se imanta de mi sino? ¿Qué par

de trenzas destronadas se me ofrecen por hijas?

¿Qué lecho esquinal pide tibieza en su tramonto?

Ánima adoratriz: a la hora que elijas

para ensalzar tus fieles granadas, estoy pronto.

 

Mas será con el cálculo de una amena medida:

que se acaben a un tiempo el arrobo y la vida

y que del vino fausto no quedando en la mesa

ni la hez de una hez, se derrumbe en la huesa

el burlesco legado de una estéril pavesa.