Luis Lloréns Torres

La mujer puertorriqueña

La Mujer Puertorriqueña

Mujer de la tierra mía.

Venus y a un tiempo María

de la India Occidental.

Vengo a cantar la poesía

de tu gracia tropical.

Mujer de carne de flor.

Dueña del manso cordero.

Digna de que un ruiseñor,

bajo el claro de un lucero,

te cante un canto de amor.

Eres bella entre las bellas

lo mismo cuando el sol gira

sobre tus carnes doncellas,

que cuando el cielo te mira

con sus mil ojos de estrellas.

Ondulas como la llama

dormida en el pebetero

cuando a través de la rama

el resplandor del lucero

baja y te besa en la cama.

Siembra lirios en tu piel

la luz plata de tus ojos.

y la copa de un clavel,

llena de sangre y de miel,

se rompe en tus labios rojos.

Encendido de azahares,

su palio el cielo te envía.

Y se abre, ante tus altares,

como una piel, la bahía

atigrada de manglares.

Te ofrece nuestra laguna,

ebria de naves ausentes,

el abanico aceituna

que hunde en las noches de luna

su varillaje de puentes.

La isla te brinda un caney,

y por baño una cascada,

y por patio y por batey

la más aterciopelada

de sus vegas de Cayey.

Cuando desgreña sus brumas

la Cabeza de San Juan,

engorguerada de espumas,

es el cabo un capitán

inclinándote sus plumas.

Para ti se hacen panales

las flores de las montaña.

Y en el llano las centrales

queman su incienso de caña

cual si fueran catedrales.

El rico manto esmeralda

del cafetal presumido

lo luce el monte en su falda

y cuando está florecido

lo cuelga sobre tu espalda.

Para velar tu atavío,

envolviéndote en cendales

hechos de espuma del río,

rompe todos sus cristales

el Salto de Comerío.

En Cabo Rojo se excava

y se busca para ti

el más ardiente rubí

cuajado de sangre brava

del pirata Cofresí.

Y los gnomos, que te dan

a beber agua encantada,

cuecen tu cena y tu pan

en la roja llamarada

del árbol de flamboyán.

Los magos de la poesía

te filtran esencias nuevas.

Yo te filtro el alma mía,

para que tú te la bebas

en una hoja de yautía.

No hay una sola mañana

en que al saltar tú del lecho

no encuentres la rosa grana

que yo pongo en tu ventana

para perfumar tu pecho.

Y el aura que hacia ti gira,

aura de noche de luna

que en tu regazo suspira,

siempre te besa con una

de las trovas de mi lira.

Día y noche, mi jactancia,

de poeta y caballero,

inclina ante tu elegancia

la varonil arrogancia

de mi capa y mi sombrero.

Mi musa quiere ser hada,

para servirte, mondada,

la naranja de la luna,

en la lujosa y plateada

bandeja de la laguna.

Quiero, en etérea asención,

dejando en el cielo huellas,

retar y vencer a Orión,

y traerme el cinturón

ensangrentado de estrellas.

Con la Cruz del Sur, anhelo

realizar la maravilla

de desclavarla del cielo

para ponerla de horquilla

en la noche de tu pelo.

Y en el mar azul turquí,

donde naufragó la Atlanta,

bajar al fondo y de allí

volver con el pez que canta

para que te cante a ti.

Porque tu amor no se abraza

al escudo de Tío Sam.

Tú eres reina de la raza,

digna de entrar a la plaza

por la Puerta de San Juan.

Digna de que en la bahía

te haga honores militares

la heroica marinería

que supo romper los mares

en la nao Santa María.

Digna de que Don Juan Ponce,

Don Juan Ponce de León,

en su estatua, se desgonce,

cual si aún dentro del bronce

le latiera el corazón.

Digna de que otro Cortés,

en otra epopeya ibérica,

queme las naos otra vez,

por conquistar otra América

para ponerla a tus pies.

Quién me diera la realeza

de los homéricos reyes,

para incendiar la maleza

y echar al fuego cien bueyes

en honor a tu belleza.

Y porque atruene los mares

el grito que da en la selva

el fruto de tus ijares,

quiero que al nacer lo envuelvas

en la bandera de Lares.