Julio Herrera y Reissig

Consagración

Surgió tu blanca majestad de raso,

toda sueño y fulgor, en la espesura;

y era en vez de mi mano -atenta al caso-

mi alma quien oprimía tu cintura...

 

De procaces sulfatos, una impura

fragancia conspiraba a nuestro paso,

en tanto que propicio a tu aventura

llenóse de amapolas el ocaso.

 

Pálida de inquietud y casto asombro,

tu frente declinó sobre mi hombro...

Uniéndome a tu ser, con suave impulso,

 

al fin de mi especioso simulacro,

de un largo beso te apuré convulso

¡hasta las heces, como un vino sacro!