Luisa Pérez de Zambrana

Horas poéticas

La tarde asoma la diadema triste,

mueve la brisa con amor sus alas,

y montes y colinas a lo lejos

se ven en apacible ondulación.

Sobre las yerbas en silencio llueve

sus cristalinas perlas el rocío

y a recoger tan delicioso llanto

su cáliz abre con placer la flor.

 

Los crepúsculos vagos que la ciñen,

la estrella virginal que la corona,

y los celajes que en su frente velan

la aureola magnífica del sol;

del lago inmóvil los espejos tristes

que reproducen la sublime escena

¡cómo en profundo y religioso encanto

llevan el alma a meditar en Dios!

 

De esbeltas palmas ondulantes líneas,

de árboles verdes majestuosas calles

y altas colinas que parecen sombras,

o islas de misterio y soledad,

se retratan allá en el horizonte

o en el seno profundo de los mares,

cuyos vastos extremos se confunden

figurando una misma inmensidad.

 

Del mar se pierde la asombrada vista

en la brillante majestad serena,

cuyas inquietas y lucientes aguas

tocar parecen la región del sol.

Y en la infinita magnitud del éter

y en la bella extensión del océano

confundida la atónita mirada

flota en mares de luz y tornasol.

 

Con el manto de estrellas, y la luna

como un topacio en la divina frente,

aparece la noche derramando

melancólicas lágrimas de amor.

La reina de la pálida corona

al trono sube pensativa y casta,

y al mundo baña en celestial tristeza

su amable y sosegado resplandor.

 

Al verla enamorado y halagüeño

como un manto de trémulos diamantes

desplega el mar sus deslumbrantes olas

para ofrecer espejos a su faz.

Y ella sonriendo, la amorosa seda

deja de sus poéticos celajes

para mecerse en las azules ondas

de luciente y purísimo cristal.

 

¡Oh, cuánta deliciosa analogía

existe en estas horas ideales,

en esta lobreguez, este silencio,

en este mar de encantadora paz,

con las profundas emociones dulces

que rebosa mi seno conmovido,

con la ternura espiritual de mi alma,

con el llanto que corre por mi faz!

 

Pues el brillo dudoso de la tarde

o al pálido lucir de las estrellas,

¡cómo en celeste arrobamiento el alma

medita grave y recogida en Dios!

Y cómo anhela sumergirse entonces

en el azul y transparente cielo

para postrar la deslumbrada frente

y mirar de rodillas su esplendor.