Ramón María del Valle-Inclán

Rosa de bronce

La casa profané con mi lascivia,

la sangre derramé. Fui el hijo pródigo.

Encendida pantera de la Libia

se alzó mi corazón. Mi orgullo, código.

 

El mundo atravesé como un Atlante

cargado con las odres del pecado,

y con la vida puesta en cada instante

hice rodar la vida como un dado.

 

Altivo en el dolor, siempre secreta

tuve mi pena. La encendida furia

de Eros me pasó con su saeta,

y mi melancolía fue lujuria.

 

Llevé sobre los ojos una venda,

dando sangre una herida en el costado,

y en los hombros la capa de leyenda

con que va a sus concilios el Malvado.

 

Y quise despertar las negras ayes

que duermen en el fondo del abismo,

y sobre el mar, en zozobrantes naves,

ser bello como un rojo cataclismo.

 

De sangriento laurel alcé una rama,

con el iris del tigre en la pupila,

y dio, doncel, mi corazón su llama

con el estrago bárbaro de Atila.

 

Fui luzbeliano. En la contraria suerte

dictó el orgullo su sonrisa al labio,

miré la vida hermana de la muerte

y tuve al sonreír arte de sabio.