Trina de Moya
Oh, madre bendita,
Virgen de Altagracia,
ante cuya imagen
milagrosa y santa
prostérnome humilde,
y brotan del alma
amorosas quejas,
fraternales lágrimas.
Eres tú la égida
y tú eres el áncora
que a esta Patria noble
protegen y salvan;
en ti cifra ella
toda su esperanza,
Y con fe te invoca,
con amor te llama…
En la grande fiesta,
en la fiesta magna,
cuando a ceñir iban
manos consagradas
a una imagen tuya
la corona santa,
la rica corona
que el amor te daba;
cuando toda alegre
la ciudad Romántica
recibía en su seno
-apuesta y bizarra-
la visita ilustre
de enviados del Papa
y otros dignos huéspedes
de tierras lejanas;
y a la voz solemne
paternal y sabia
del Pastor querido
que a su grey llamaba,
numerosos fieles
se conglomeraban
y era espacio estrecho
la Ciudad Primada…
¿Qué sucedió entonces,
¡Oh, madre, sin mancha!
de una tibia noche
en las horas altas?
¿Qué escena sangrienta
en la vía lejana
alumbró la luna
silenciosa y pálida?…
¡Túrbase la mente,
se estremece el alma,
describir no es dado
la tragedia infausta!
……………..
…………….
¿Cómo consentiste,
Virgen soberana,
que al recuerdo augusto
de tu fiesta magna,
para algunos fieles
viniese ligada
como al albo lirio
destructora larva?
¿La memoria triste,
la memoria amarga
del terrible choque,
del sangriento drama
que en la carretera
sinuosa y trillada,
alumbró la luna
con su lumbre pálida?
¿Por sacro decreto
tú necesitabas
el alma de un justo
como urna sagrada,
en la que rindieras
a la excelsa planta
de tu Hijo divino,
para ser más gratas,
las místicas flores,
las ofrendas santas
de todos los votos,
todas las plegarias,
y de los afectos
y las alabanzas
del férvido pueblo
que te coronaba?…
¿O bien una víctima,
¡oh, madre! hacía falta,
víctima propicia
de expiación y gracias?…
Perdona mis cuitas…
¡Perdón!… que mi alma
los altos Designios
bendice y acata.
Mas los seres tristes
que el dolor quebranta;
la viudez que gime
mustia y desolada;
la orfandad doliente;
las fraternas lágrimas,
tu consuelo imploran,
¡Virgen de Altagracia!