Mercedes Marín del Solar

A la muerte de don Diego Portales.

Mas oigo ya el estruendo

Con que el canon anuncia que se acerca

El carro funeral. Los viles hierros,

Que a la inocente víctima ligaron,

De signo ignominioso,

En timbre de alto honor se ven trocados,

I en público espectáculo se ostentan,

No menos gloriosos

Que los que al gran Colon apercibieron

Calumnia atroz i bárbara injusticia.

El carro, en que a la muerte fué llevado

Por insanos verdugos,

Aparece en las calles enlutado

I de sorpresa i duelo

Indefinible sensación produce...

Ya la amistad con mano fiel conduce,

La faz en tiernas lágrimas bañada,

La ceniza preciosa

Al postrimer asilo, reverente.

Hondo silencio en torno se difunde,

I abismada la mente se confunde

En solo un doloroso pensamiento...

¿Son esos restos frios,

Es esa imájen insensible i muda

Cuanto nos queda de El? Su alta memoria,

Sus acciones legadas a la historia,

¿Serán de hoi mas su ser, toda su vida?...

¿Dó está el soplo divino que animaba

Aquel semblante hermoso? Dó se esconde

La mente osada, altiva

De aspiraciones elevadas llena?

Dó el alma firme, impávida i serena,

La mirada sagaz i penetrante,

La voluntad resuelta i decidida,

El aliento de vida

Que a todos con su espíritu animaba,

La pasión jenerosa i anhelante

De lo grande i lo justo?...—La faz yerta

Carece de espresion. No ven sus ojos,

Su oido no percibe ya el lamento

De amargo sentimiento

Con que todos contemplan sus despojos.