Gertrudis Gómez de Avellaneda

A una joven madre-En la pérdida de su hijo

¿Por qué lloras ¡oh Emilia! con dolor tanto?

-¡Ay! he perdido al ángel que era mi encanto...

Ni aun leves huellas

Dejaron en el mundo sus plantas bellas.

 

-Te engañas, joven madre; templa tu duelo;

Que ese ángel -aunque libre remonta el vuelo-

Te sigue amante

Doquiera que dirijas tu paso errante.

 

¿No admiras, cuando baña la tibia esfera

Del alba sonrosada la luz primera,

Con qué armonía

Cielo y tierra saludan al nuevo día?

 

Pues sabe, joven madre, que cada aurora

Por las manos de un ángel su faz colora,

Y aquel concento

Se lo enseña a natura su dulce acento.

 

Cuando del sol el rayo postrero expira,

¿No escuchas un suspiro que en torno gira,

Y un soplo leve

No acaricia tu rostro, tus rizos mueve?

 

Pues dicen, joven madre, que en cada tarde

Hay un ángel que el rayo postrero guarde;

Y es su sonrisa

La que te llega en alas de fresca brisa.

 

En el silencio grave de la alta noche,

Cuando la luna oculta su lento coche,

¿Ves blanca estrella

Que trémula en tu frente su luz destella?

 

Pues oye, joven madre: las almas puras

Viajan por esos astros de las alturas;

Y es su mirada

La que a halagarte llega dulce y callada.

 

Aun ora, que me escuchas, ¿pierde tu oído

Cierto eco misterioso, que al mío unido,

Vierte en tu alma

Bálsamo delicioso, que su afán calma?...

 

Pues mira, joven madre, dolor tan rudo

Sólo un ángel celeste consolar pudo,

Y oigo al que dice:

«No llores más, no llores yo soy felice!»