Gertrudis Gómez de Avellaneda

La clemencia

Heureux le Prince empli de pieuses pensés.

VICTOR HUGO

 

Iba tendiendo su luctuoso manto

La noche oscura y fría,

Sin que templase un tanto

La opacidad de la región vacía,

El rayo de la luna macilento

Ni el trémulo fulgor de las estrellas;

Pues, cual rastro sangriento,

De un sol de invierno las rojizas huellas

Surcaban sólo el negro firmamento.

 

Tristes también las calles parecían

De la opulenta villa coronada,

Do circulando multitud callada,

Sólo semblantes serios se veían,

Que presentir hacían

Algún grave suceso,

Pronto explicado por las roncas voces

Que esparcieron veloces

Por el gentío espeso

Los vendedores de volantes hojas,

Gritando por doquier: «Causa y sentencia

»Del coronel Rengifo y compañeros,

»Que a los rayos primeros

»Del nuevo sol terminan su existencia.»

 

Pasan de mano en mano

Los públicos papeles,

Y -aunque no haya quizá pechos crueles

Que al contemplar destino tan tirano

Puedan negar a los dolientes reos,

Víctimas de políticos errores,

Un suspiro, una lágrima piadosa-

Siguen los transeúntes sus paseos,

Su fúnebre pregón los vendedores,

Y la noche su marcha silenciosa.

 

Las horas vuelan entre tanto; cesa

La agitación del mundo,

Y entre la sombra espesa

Do el silencio por fin reina profundo,

Derramando narcótico beleño

-Que a descansar convida

De los rudos afanes de la vida-

Desciende en alas de la noche el sueño.

Mas, ¡ah!, tan honda calma

No aduerme, no, pesares sin consuelo

-Que apenas puede resistir el alma,

Y en su prisión austera

Gimen los tristes que el postrer desvelo

Sufriendo están en el infausto suelo

Donde el sepulcro abierto les espera.

 

Vida y vigor devolverá a natura

La claridad febea,

Y ellos en la luz pura

Sólo verán su funeraria tea

¡Oh! ¿Qué pincel tan fúnebres colores

Puede tener, que alcance

A bosquejar siquiera los dolores

Que así cercanos al tremendo trance

De cada cual el corazón devora?

No sólo ve la muerte, la vigilia

-De espectros crëadora-

Presenta allí la mísera familia...

La esposa, el padre, el hijo a quien adora!

 

¡Oh, pobre infante, cuya blanda cuna,

De la esperanza nido,

La pérfida fortuna

-Que oyó propicia su primer vagido-

Deja con luto de orfandad cubierta!...

¡Oh, pobre infante, que en el pecho tierno

Verá la herida abierta,

Que de su vida con brotar eterno

La senda regará triste y desierta!...

 

Mas ¿qué puedes hacer, padre infelice?

¡Fuerza es morir!... Con pavorosos ecos

Tu corazón lo dice...

Y esa luz bella -que a tus ojos, secos

Por insomnio crüel la aurora envía-

Te lo dice también. Morir es fuerza;

No esperes, no, que su guadaña tuerza,

Piadosa a tu dolor, la parca impía.

 

Fuerza es dejar el hijo abandonado,

La esposa desvalida,

El padre desolado,

¡Ay! y a la madre tierna, encanecida

Por años de virtud. -De esa existencia,

Que ella ha cuidado con afán prolijo,

Infatigable amor, santa paciencia,

¿Qué cuenta le darás, ¡funesto hijo!?

¿Qué cuenta le darás en tu conciencia?...

...................................

 

Repentino rumor se eleva y crece

En la mansión sombría:

Crujiendo se estremece

La férrea puerta, que ostentar debía

-Cual la del reino del eterno llanto

Del rudo Dante la inscripción tremenda;

Y trémulos -en tanto

Que abre a sus pasos la temida senda-

Los sentenciados, que entre mil dolores

Por conservarse sin flaqueza luchan,

Ya los redobles fúnebres escuchan

Con que a morir los llaman los tambores.

Llegó el instante, ¡oh Dios! -Pero ¿qué anuncia

La voz que el nombre de Isabel pronuncia,

Mientras cual bella aurora

-Que las tristes tinieblas desvanece

Y a los campos colora

En la lóbrega estancia que ilumina,

Tierna beldad de súbito aparece,

Vertiendo luz de compasión divina,

Que en sus azules ojos resplandece?...

 

¡Es ella! ¡Sí! ¡Miradla!... Pura y bella,

De sus plantas reales

Sienta la leve huella

De la horrible capilla en los umbrales.

El ángel santo de piedad la guía,

La majestad del solio la acompaña,

La siguen a porfía

Las esperanzas y el amor de España,

Y huye a su aspecto la discordia impía.

¡Llega, virgen real! Tu planta imprime

En la mansión del duelo

Ejerce la sublime

Prerrogativa que te otorga el cielo

Perdona como él, y que la historia

De los monarcas, con tu ejemplo egregio,

Legue a tus sucesores la memoria

De que -al usar tan noble privilegio-

La diestra augusta que perdón concede

Recoge en cambio gloria,

Que a otra ninguna compararse puede.

 

La tuya, ¡oh Isabel!, la tuya hermosa

En esos rostros mira,

Do tu mano piadosa

Secó el llanto cruel: ella respira

En esas vidas que arrancó a la tumba

Tu corazón magnánimo; se extiende

En ese que retumba,

 

Víctor inmenso, que el espacio hiende,

Y aún brilla en el cadalso que derrumba.

 

La tuya el laurel santo

No hace nacer con riego

De hirviente sangre y congojoso llanto,

Sino de amor al fecundante fuego;

Y el que la ensalza, sublimado canto,

No es el que ensayo con humilde tono

De mi lira en los sones;

Sino el que se alza en tiernas bendiciones

Hasta tu excelso trono.

 

Feliz en él por dilatados días

Goza, joven augusta,

Las santas alegrías

Del poder bienhechor. La frente adusta

De la justicia tu piedad suavice;

Que el rigor nunca la nefanda tea

De la venganza atice;

Y justa siempre y perdurable sea

La voz universal que hoy te bendice.