María Eugenia Vaz Ferreira
La otra isla de los cánticos
¡Sobre el árido plinto en que a natura
erguirme plugo por designio arcano,
como un espectador mudo y pasivo
contemplo a solas la vital contienda.
Y tú, fiero corcel
que me sustentas sobre el ara ruda,
de rebelión y de impotencia vibras
sujeto a la firmeza de mi mano.
Qué ves en la remota lontananza?
Es que miras el gran jardín de Venus
donde clarea sobre dulces frutos
el iris sacro de la eterna aurora?
O tal vez sobre el agua turbulenta,
en amante coloquio a los tritones
tus hermanos, los príncipes del mar
cabalgando en la espuma de las olas
cabe las blondas ninfas oceánidas?
Banderas ondulantes
flotando como crines victoriosas
en la festiva libertad del viento?
O razas que atraviesan las llanuras
en marcha hacia el oasis?
Deja no más las tardas caravanas
libremente cruzar por el desierto,
ebrias de abnegación y de esperanza. . .
Deja que abreven la ilusión eterna
en las mágicas fuentes de la vida.
Tú quisieras volar con tu amazona
y formar en las filas de batalla,
pero tus vanos ímpetus se quiebran
contra la fuerza ignota que me rige;
y aunque piafes de angustia y de coraje,
aunque te muerdas el plateado freno
y resuene en la meta silenciosa
el golpe seco del inquieto casco,
sobre el árido plinto. Hoy
moriremos los dos, gallardamente,
de soledad y de soberbia altura.