Carolina Coronado

El espino

Yo no quiero de los campos

los árboles ni las parras

ni la multitud vistosa

de sus bellísimas plantas;

 

Pero un espino florido

que hay, Emilio, entre las zarzas,

es la envidia de mis ojos

la codicia de mi alma.

 

Viste su tronco ramaje

de verdes hoj as lozanas.

Y entre sus brazos airosos

flores como espumas alza.

 

Más ansiosa que la abeja

es su perfume embriagada

vago errante, sin aliento

en torno de sus guirnaldas.

 

Mas, tiendo en vano los brazos

que antes que llegue a alcanzarlas

las punzadoras espinas

de sus ramos me desgarran.

 

Huye la flor de mis manos;

crece de mi pecho el ansia;

la flor queda en el espino

y en el espino mis lágrimas.

 

Ermita de Bótoa, 1844