Ramón María del Valle-Inclán

Rosaleda

Cuando iba por la selva nocturna, sin destino,

escuché una esperanza cantar sobre el camino,

en la alborada de oro. Yo pasaba. Su canto

daba sobre una lírica fresca rama de acanto.

 

Saliendo de mi noche, me perdí en un recinto

de rosas. Por los métricos sellos de un laberinto,

los senderos en fuga culterana y ambigua,

conjugaban el tema de la fábula antigua.

 

Conversé con las rosas, y, como un amuleto,

recogí de las rosas el sideral secreto.

Los números dorados

de sus selladas cláusulas, me fueron revelados.

 

Mi Alma se daba,

dándose gozaba,

y transcendía

su esencia en goce.

Se consumía

en la alegría

del que conoce.