Carolina Coronado

A un poeta clasico

Pulidísimo poeta,

que siempre os andáis buscando

cefirillos en diciembre

y florecillas en marzo.

Ved que es malogrado tiempo

el que gastáis en cantarnos

esas romanzas melosas

que a vos embelesan tanto.

Porque ninguno os escucha,

ni posible es escucharos,

ni debe ¡salvo los sordos!

nadie escuchar vuestro canto.

Vos engalanáis de yerba

fuera de sazón los campos

y a deshora de sus nidos

hacéis levantar los pájaros;

vos asida del cabello

sin compasión a su llanto,

a cada instante a la aurora

arrastráis de su palacio,

y ni deja miel segura

en el panal vuestro labio

ni brisilla sosegada,

ni libre arroyuelo manso.

Y lo que más impacienta,

ingeniosísimo bardo,

es que, cuando estamos todos

con vuestra musa trinando,

sobre la blanda verbena,

muellemente recostado,

tan complacido y risueño

vos dispongáis coronaros.

¿A dónde vais por el mirto?

¿de dónde arrancáis el lauro?

¿y qué lográis con poneros

en la frente esos enjalmos?

¿Un mancebo como un roble

no os causa grima pasaros

unas tras otras las horas

entre los juncos holgando?

¿No tenéis en vuestra tierra

otro más útil cuidado

que atisbar la rubia aurora

y espantar los tiernos pájaros?

Amigo, trocad, de vida

de cantinelas dejaos,

¡sacudid el cuerpo inerme

y haced valer vuestros brazos!