Carolina Coronado

La planta del valle

Alberto, la débil planta

en campo estéril nacida,

ni tiene muy larga vida

ni puede medrar en él;

no es como el pájaro libre

que, en sus alas trasportado,

si le enoja hoy este prado

habita mañana aquél.

 

Yo soy planta, entre las piedras,

de un triste valle nacida,

y estoy a la tierra unida

del suelo donde nací;

de una madre, de un hermano

tanto el querer me aprisiona,

que ni por una corona

los separara de mí.

 

Yo pude ver grandes pueblos

y cruzar soberbios mares

que me inspiraran cantares

dignos de gloria, tal vez;

mas, quise mejor quedarme

sin laureles lisonjeros

que dejar los compañeros

de mi inocente niñez.

 

Por este santo cariño

que domina mi existencia

con silenciosa paciencia

en la soledad viví;

por eso tu amante ruego

desoye el alma abatida,

por eso la despedida

con llanto amargo te di.

 

Yo no quiero sin mi madre

partir a tierra ninguna,

y ansia ardiente me importuna

de ver un mundo mejor;

ve, por piedad, tierno amigo,

sí es tormentosa la idea

que en lo mismo que desea

halla su pena mayor.

 

Pienso, a veces, que la hormiga

que se desliza a mi lazo

más campiñas ha cruzado

que las que alcanzo a mirar;

y entonces “hormiga —exclamo—

mientras tú buscas semillas,

¡cuántas grandes maravillas

pudiera yo contemplar!”

 

“Adiós —les digo a las aves

que cruzan por mi ventana —

¿de qué os servirán mañana

ver las orillas del Po;

y de Francia los jardines,

y de América las palmas,

si no tenéis unas almas

para cantarlas cual yo?”

 

Pero si vienes, Alberto,

con esa dicha a brindarme,

la dejo por no alejarme

del valle donde nací,

y en esta constante lucha

consumirse el alma veo,

pues, ni yo venzo al deseo

ni el deseo me vence a mí.

 

Por eso, Alberto, la planta

en campo estéril nacida,

ni tiene muy larga vida

ni puede medrar en él:

no es como el pájaro libre

que, en sus alas trasportado,

si le enoja hoy este prado

habita mañana aquél.

 

Ermita de Bótoa, 1845