Carolina Coronado

Porque quiero vivir siempre contigo

Pero yo tengo fe; yo he de encontrarte;

yo para siempre he de vivir contigo;

yo protegida por tu brazo amigo

el espacio hendiré para alcanzarte:

si en la tierra no es, en otra parte

seré dichosa, pues con fe te sigo,

y no me importa la envidiosa nube

que a interponerse entre nosotros sube.

 

Presto acaban los años en su giro

y de terna pasión la vida esclava;

presto, Señor, la juventud acaba

exhalada de amor en un suspiro;

no tengo sino a ti cuando deliro,

y este silencio y soledad me agrava

con las horas que pasan y no cuento

absorta en mi constante pensamiento.

 

¿Serán las pesadumbres de la vida,

de tan vario dolor tanta punzada,

de ingratitudes tantas, tanta herida

las que alarguen aquí nuestra parada?

¿tanto podré tardar en la partida

que el ánima no puede fatigada

con la esperanza, con la fe de hallarte

resignarse, sufrir, callar y amarte?

 

¡Cuánto esa nube durará en el cielo

si es la tormenta del vivir tan breve

que descendemos como nieve al suelo

y en él nos deshacemos como nieve!

¡Cuánto podré aguardar en este anhelo

si hasta el cierzo helado el soplo leve

hiere mi seno y hacia el triste ocaso

basta, Señor, a acelerar mi paso!

 

Ya vi pasada la estación serena

y escucho de las lluvias el ruido,

y el caracol del labrador resuena

en el silencio con medroso aullido;

sola estoy con mi sombra y con mi pena,

mas pienso en ti, Señor, y del sentido

quiero, lanzando el miedo y la tristeza,

al término llegar con fortaleza.

 

También el joven árbol cuando llueve

desbaratado al agua da sus hojas

que el agosto abrasó tornando rojas

y en vago con el vientecillo mueve;

tal vez el aire sobre mí las lleve

mañana si me rinden mis congojas,

y me inunde la lluvia que ahora cubre

los pálidos narcisos del octubre...