Luisa Pérez de Zambrana

Adiós a Cuba

Cuando sobre el espacio cristalinoPlayas e islas

desplegó, como un pájaro marino,

sus alas mi bajel:

cuando vi en lontananza ya perdidas

las montañas, las cumbres tan queridas

que me vieron nacer:

 

Cuando abatida vi, del mar salobre

las sierras melancólicas del Cobre

sus frentes ocultar,

con aflicción profunda y penetrante

me cubrí con las manos el semblante

y prorrumpí a llorar.

 

¡Ay! porque ¿cómo olvidará mi anhelo

que fueron esa tierra y ese cielo

los que primero vi?

¿Cómo olvidar que en sus colinas suaves

fue la triste cadencia de sus aves

lo que primero oí?

 

¿Cómo olvidar su luna y sus estrellas,

su sol de fuego ni sus nubes bellas

de nácar y coral?

Y sus aras purísimas, que fueron

las que en mi frente trémula pusieron

la corona nupcial?

 

¡Oh Cuba! si en mi pecho se apagara

tan sagrada ternura y olvidara

esta historia de amor,

hasta el don de sentir me negaría,

pues quien no ama la patria ¡oh Cuba mía!

no tiene corazón.

 

Pero cómo es que tu adorado suelo

y tu risueño y luminoso cielo

he podido dejar?

Y cómo Cuba, en tu horizonte umbrío

esconderse tu blanco caserío

he podido mirar?

 

¡Nunca lo olvidaré! La mar gemía

y a través de mis lágrimas veía

sus aguas ondular.

Era la hora en que la flor se cierra

y en que el inmenso templo de la tierra

humilde empieza a orar.

 

La hora en que la estrella vespertina

asoma por detrás de la colina

con triste lentitud.

De mi pesar y mi dolor testigos

me cercaron entonces mis amigos

en tierna multitud.

 

La tierra, el sol, el cielo parecían

que en dolientes miradas me decían

su callado dolor.

Por fin surcó el bajel el océano

y cerrando los ojos, con la mano

les di mi último adiós.

 

Pero cuando el semblante pesaroso

sollozando volví, querido esposo,

a mi lado te hallé,

Te hallé a mi lado conmovido y tierno

que me jurabas con tu amor eterno

santa y solemne fe.

 

Yo amo tus campos verdes y sombríos

porque los amas tú, pero los míos

¡ay! no puedo olvidar.

Yo amo tu pueblo, sí, pero quisiera

llevarte de la mano plalefta,

cada rato a mi hogar.

 

Y enseñarte mis flores y mi río

y la yerba brillante de rocío

que tanto pisé allí.

Yo quisiera decirte “en esta loma

el tímido volar de una paloma

muchas veces seguí”.

 

Yo quisiera decirte “en estos nidos

los pajaritos mansos y dormidos

con las hojas tapé”.

Y en este lago silencioso y bello

a ponerme una flor en el cabello

risueña me incliné.

 

¡Oh Cuba! si en mi pecho se apagaraPlayas e islas

tan sagrada ternura y olvidara

esta historia de amor,

hasta el don de sentir me negaría

pues quien no ama la patria ¡oh Cuba mía!

no tiene corazón.