Carolina Coronado

La poetisa en un pueblo

¡Ya viene, mírala! ¿Quién?

—Esa que saca las coplas.

—Jesús, qué mujer tan rara.

—Tiene los ojos de loca.

Diga V., don Marcelino,

¿será verdad que ella sola

hace versos sin maestro?

— ¡Qué locura!, no señora;

anoche nos convencimos

de que es mentira, en la boda:

si tiene esa habilidad

¿por qué no le hizo a la novia,

siendo tan amiga suya,

décimas o alguna cosa?

—Una décima, es preciso

dije— el novio está empeñado:

«ustedes se han engañado

me respondió, no improviso.»

—Siendo la novia su amiga,

vamos, ¿no ha de hacerla usté? —

«Pero por Dios, si no sé,

¿no basta que yo lo diga?»

La volvimos a rogar,

se levantó hecha una pólvora,

y en fin, de que vio el empeño

se fue huyendo de la boda.

Esos versos los compone

otra cualquiera persona,

y ella luego, por lucirse,

sin duda se los apropia.

—Porque digan que es romántica.

— ¡Qué mujer tan mentirosa!

—Dicen que siempre está echando

relaciones ella sola.

—Se enseñará a comedianta.

—Ya se ha sentado ¡la mona!

Más valía que aprendiera

a barrer que a decir coplas.

—Vamos a echarla de aquí.

— ¿Cómo? — Riéndonos todas.

—Dile a Paula que se ría.

—Y tú a Isabel, y tú a Antonia.

Ja ja ja ja ja ja ja.

¡Más fuerte, que no lo nota!

Ja ja ja ja ja ja ja.

Ya mira, ya se incomoda.

Ya se levanta y se va...

¡Vaya con Dios la gran loca!