Gertrudis Gómez de Avellaneda

A él

En la aurora lisonjera

De mi juventud florida,

En aquella edad primera

-Breve y dulce primavera,

De tantas flores vestida-

 

Recuerdo que cierto día

Vagaba con lento paso

Por una floresta umbría,

Mientras que el sol descendía

Melancólico a su ocaso.

 

Mi alma -que el campo enajena-

Se agitaba en vago anhelo,

Y en aquella hora serena

-De místico encanto llena

Bajo del tórrido cielo-

 

Me pareció que el sinsonte

Que sobre el nido piaba;

Y la luz que acariciaba

La parda cresta del monte,

Cuando apacible espiraba;

 

Y el céfiro, que al capullo

Suspiros daba fugaz;

Y del arroyo el murmullo,

Que acompañaba el arrullo

De la paloma torcaz;

 

Y de la oveja el balido,

Y el cántico del pastor,

Y el soñoliento rumor

Del ramaje estremecido

¡Todo me hablaba de amor!

 

Yo -temblando de emoción-

Escuché concento tal,

Y en cada palpitación

Comprendí que el corazón

Llamaba a un ser ideal.

 

Entonces ¡ah! de repente,

-No como sombra de un sueño,

Sino vivo, amante, ardiente

Se presentó ante mi mente

El que era su ignoto dueño.

 

Reflejaba su mirada

El azul del cielo hermoso;

No cual brilla en la alborada,

Sino en la tarde, esmaltada

Por tornasol misterioso.

 

Ni hercúlea talla tenía,

Mas esbelto -cual la palma-

Su altiva cabeza erguía,

Que alumbrada parecía

Por resplandores del alma.

 

Yo, en profundo arrobamiento,

De su hálito los olores

Cogí en las alas del viento,

Mezclado con el aliento

De las balsámicas flores;

 

Y hasta su voz percibía

-Llena de extraña dulzura-

En toda aquella armonía

Con que el campo despedía

Del astro rey la luz pura.

 

¡Oh alma! di: ¿quién era aquel

Fantasma amado y sin nombre?

¿Un genio? ¿un ángel? ¿un hombre?

¡Ah! lo sabes! era él;

Que su poder no te asombre.

 

Volaban los años, y yo vanamente

Buscando seguía mi hermosa visión...

Mas dio al fin la hora; brillar vi tu frente,

Y «es él», dijo al punto mi fiel corazón.

 

Porque era, no hay duda, tu imagen querida,

-Que el alma inspirada logró adivinar-

Aquella que en alba feliz de mi vida

Miré para nunca poderla olvidar.

 

Por ti fue mi dulce suspiro primero;

Por ti mi constante, secreto anhelar

Y en balde el destino -mostrándose fiero-

Tendió entre nosotros las olas del mar.

 

Buscando aquel mundo que en sueños veía,

Surcolas un tiempo valiente Colón

Por ti -sueño y mundo del ánima mía-

También yo he surcado su inmensa extensión.

 

Que no tan exacta la aguja al marino

Señala el lucero que lo ha de guiar,

Cual fija mi mente marcaba el camino

De hallar de mi vida la estrella polar.

 

Mas ¡ay! yo en mi patria conozco serpiente

Que ejerce en las aves terrible poder...

Las mira, les lanza su soplo atrayente,

Y al punto en sus fauces las hace caer.

 

¿Y quién no ha mirado gentil mariposa

Siguiendo la llama que la ha de abrasar?

¿ quién a la fuente no vio presurosa

Correr a perderse sin nombre en el mar?

 

¡Poder que me arrastras! ¿Serás tú mi llama?

¿Serás mi océano? ¿mi sierpe serás?

¿Qué importa? Mi pecho te acepta y te ama,

Ya vida, ya muerte le aguarde detrás.

 

A la hoja que el viento potente arrebata,

¿De qué le sirviera su rumbo inquirir?

Ya la alce a las nubes, ya al cieno la abata,

Volando, volando le habrá de seguir.