Ramón López Velarde

Idolatría

La vida mágica se vive entera

en la mano viril que gesticula

al evocar el seno o la cadera,

como la mano de la Trinidad

teológicamente se atribula

si el mundo parvo, que en tres dedos toma,

se le escapa cual un globo de goma.

 

Idolatremos todo padecer,

gozando en la mirífica mujer.

 

Idolatría

de la expansiva y rútila garganta,

esponjado liceo

en que una curva eterna se suplanta

y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.

 

Idolatría

de los dos pies lunares y solares

que lunáticos fingen el creciente

en la mezquita azul de los Omares,

y cuando van de oro son un baño

para la tierra, y son preclaramente

los dos solsticios de un único año.

 

Idolatría

de la grácil rodilla que soporta,

a través de los siglos de los siglos,

nuestra cabeza en la jornada corta.

 

Idolatría

de las arcas, que son y fueron

y serán horcas caudinas

bajo las cuales rinde el corazón

su diadema de idólatras espinas.

 

Idolatría

de los bustos eróticos y místicos

y los netos perfiles cabalísticos.

 

Idolatría

de la bizarra y música cintura,

guirnalda que en abril se transfigura,

que sirve de medida

a los más filarmónicos afanes,

y que asedian los raucos gavilanes

de nuestra juventud embravecida.

 

Idolatría

del peso femenino, cesta ufana

que levantamos entre los rosales

por encima de la primera cana,

en la columna de nuestros felices

brazos sacramentales.

 

Que siempre nuestra noche y nuestro día

clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!