Francisco de Quevedo

Madrigal

(Pinta ejecuciones de amantes)

 

Los brazos de Damón y Galatea

nueva Troya, torciéndose, formaban

(que yo lo vi, viniendo de la aldea);

sus bocas se abrazaban

y las lenguas trocaban.

En besos a las tórtolas vencían;

las palabras y aliento se bebían

y en suspiros las almas retozaban.

Mas él, estremeciéndose, decía:

“¡Ay, muero, vida mía!”

Y ella, vueltos los ojos, le mostraba

en su color lo mesmo que le daba.

Fue tan dulce este trance y de tal suerte

que quiso parte del la misma Muerte,

pues quedando sin fuerza y sin aliento,

entrambos despidieron el contento.

Y las niñas hermosas,

que, al fin, de vergonzosas se escondieron,

ya tristes, de envidiosas,

a los divinos ojos se volvieron,

dando armas a Damón con que venciese

al arrepentimiento, si viniese.