Rosalía de Castro

De gemidos quejumbrosos

A mi madre

Por que en santa paz unidas,

Donde no hay penas ni olvido,

Gocemos en blando nido,

Las glorias desconocidas.

Como en un tiempo dichoso

Fuí al campo por la mañana,

Que estaba hermosa y risueña,

Que fresca y galana estaba;

Fuíme al romper de la aurora,

Cuando tocaban al alba,

Cuando aun los hombres dormian

Y los jilgueros cantaban

Saltando de rosa en rosa,

Volando de rama en rama.

 

 

Con su murmurio apacible,

Solita la fuente estaba,

Bajo el castaño frondoso

Que tiernamente la guarda.

Y estaba la verde yerba

Toda cubierta de escarcha.

Las ténues lejanas nieblas

Cual vaporosos fantasmas,

Vagaban tristes y errantes

Sobre las altas montañas.

 

 

El lejano campanario

Sobre las nieblas se alzaba,

Con sus graciosos festones,

Con su armoniosa campana.

Y en torno el humilde templo,

Bajo su sombra guardadas,

Veianse humildes chozas,

Aun mas que la nieve blancas.

 

 

¡Cuánta pureza en la atmósfera!

Cuanta dulcísima calma,

Del cieio azul descendiendo,

En torno se respiraba!

Mas yo vestida de luto

Y aun mas enlutada el alma,

Bajo las ramas del bosque

Bajo las ramas paseaba

Soñando en sueños de muerte

Que nos rasgan las entrañas.

Paseaba yo silenciosa,

Paseaba yo solitaria.

Mientras las aguas del rio

Camino del mar rodaban.

En vano, en vano buscando

Al ángel de mi esperanza

Que con sus alas ligeras,

Hácia los cielos tornara.

 

 

Pobre ángel! pobre ángel mio...

Cuanto en la tierra te amaba!

¿Mas cómo no amarte cuando

Tus alas me cobijaban,

Si fueron ellas mi cuna,

La cuna en que me arrullabas.

Si fueron mi dulce aliento

Y el paño, ay! Dios! de mis lágrimas!

Hora corren hilo á hilo,

Hora mis megillas bañan,

Bañan la tierra que piso

Y en su amargura me empapan,

Mas nadie viene, ángel mio,

Ay! nadie viene á enjugarlas.