Rosalía de Castro
A mi madre
Ya el sol bañaba las cumbres
De las risueñas montañas,
Ya disipáran las nieblas,
Las brisas de la mañana;
Ya despertaran los hombres,
Ya no tocaban al alba,
Cuando torné de los campos,
Paso tras paso á mi casa.
Dejárala silenciosa
Cuando salí á la mañana,
Y silenciosa á mi vuelta,
Mas que las tumbas estaba.
En la solitaria puerta.
No hay nadie... nadie me aguarda!
Ni el menor paso se siente
En las desiertas estancias.
Mas hay un lugar vacío
Tras la cerrada ventana,
Y un enlutado vestido
Que cual desgajada rama
Pende en la muda pared
Cubierto de blancas gasas.
No está mi casa desierta,
No está desierta mi estancia...
Madre mia... madre mia,
Ay! la que yo tanto amaba,
Que aun que no estás á mi lado
Y aunque tu voz no me llama,
Tu sombra si, si... tu sombra,
Tu sombra siempre me aguarda!
Muchos lloran, y lloran, y se quejan,
Y entre quejas, y llantos, y suspiros,
Que hijos son del dolor,
La ruda fuerza del dolor mitigan,
Cantando al son de lira cariñosa
Con plañidera voz.
Yo ni lloro, ni canto, ni me quejo,
Mas en mi seno recogida guardo
La hiél del corazon;
Y por eso, vivir, vivo muriendo,
Que sentir nadie sin morir pudiera,
Ay! lo que siento yo!