Carolina Coronado

Pasión

Ya no veo la alegría,

de tristeza me sustento;

no hay dentro del alma mía

más que amor y abatimiento.

 

Me acobarda mi pasión;

ni luchar con ella puedo:

yo me tengo compasión;

yo a mí misma me doy miedo.

 

Pienso que para calmar

esta fiebre dolorosa,

me bastará contemplar

la naturaleza hermosa.

 

Y corro a ver el brillante

sol y los vagos nublados,

y a escuchar del ave errante

el canto por los collados.

 

Mas también conmigo sube

su imagen cruzando el viento...

toma su forma la nube;

toman las aves su acento.

 

Cesa con la juventud

dicen, este padecer;

mas los sabios la virtud

no enseñan de envejecer.

 

Y con remedio costoso

esa ciencia me convida,

si ha de empezar el reposo

cuando se acaba la vida.

 

¡Triste esperanza en verdad,

tardo alivio, corazón,

aguardar la ancianidad

para calmar la pasión!

 

Blanco el oscuro cabello;

la tersa frente fruncida,

y el mirar, que hoy llaman bello,

sin un destello de vida.

 

El fino talle doblado,

el corazón entumido...

¿Es éste el bien deseado,

ésta la dicha que pido?

 

¡Ah, sí; que el talle, el mirar,

la tez y el cabello oscuro,

no valen este penar

que con lágrimas conjuro!

 

Entonces, bardos galantes,

no cantaréis mi belleza,

ni oiré de labios amantes

dulce, amorosa terneza.

 

Esclavos de la hermosura,

entonces bardos, tal vez,

retratando mi figura

satiricéis la vejez.

 

Pero ciegos ya mis ojos,

embotados mis oídos,

no habrán de causarme enojos

vuestros versos aplaudidos.

 

Tal vez los que gimen ora

rendidos ante mis pies,

con sonrisa mofadora

me contemplarán después.

 

Mas, no vale el incensario

de amante o galán poeta,

este fuego temerario

que sin descanso me inquieta.

 

Yo no veo la alegría;

de tristeza me sustento:

no hay dentro del alma mía

más que amor y abatimiento.

 

Me acobarda mi pasión;

ni luchar con ella puedo:

yo me tengo compasión;

yo a mí misma me doy miedo.

 

Y aunque es muy triste aguardar

la vejez, amo de suerte,

que quiero verla llegar...

si antes no llega la muerte.

 

*Elvas, 1845

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