Leopoldo Lugones

Elegía crepuscular

Desamparo remoto de la estrella,

hermano del amor sin esperanza,

cuando el herido corazón no alcanza

sino el consuelo de morir por ella.

 

 

Destino a la vez fútil y tremendo

de sentir que con gracia dolorosa

en la fragilidad de cada rosa

hay algo nuestro que se está muriendo.

 

 

Ilusión de alcanzar, franca o esquiva,

la compasión que agonizando implora,

en una dicha tan desgarradora

que nos debe matar por excesiva.

 

 

Eco de aquella anónima tonada

cuya dulzura sin querer nos hizo

con la propia delicia de su hechizo

un mal tan hondo al alma enajenada.

 

 

Tristeza llena de fatal encanto,

en el que ya incapaz de gloria o de arte,

sólo acierto, temblando, a preguntarte

¡qué culpa tengo de quererte tanto!

 

 

Heroísmo de amar hasta la muerte,

que el corazón rendido te inmolara,

con una noble sencillez tan clara

como el gozo que en lágrimas se vierte.

 

 

Y en lenguaje a la vez vulgar y blando,

al ponerlo en tus manos te diría:

no sé cómo no entiendes, alma mía,

que de tanto adorar se está matando.

 

 

¿Cómo puedes dudar, si en el exceso

de esta pasión, yo mismo me lo hiriera,

sólo porque a la herida se viniera

toda mi sangre desbordada en beso?

 

 

Pero ya el día, irremediablemente,

se va a morir más lúgubre en su calma:

y más hundida en soledad mi alma,

te llora tan cercana y tan ausente.

 

 

Trágico paso el aposento mide....

Y al final de la alameda oscura,

parece que algo tuyo se despide

en la desolación de mi ternura.

 

 

Glorioso en mi martirio, sólo espero

la perfección de padecer por ti.

Y es tan hondo el dolor con que te quiero,

que tengo miedo de quererte así.