Luis de Góngora

No os diremos, como al Cid

Decimas

AL MARQUÉS DE GUADALCÁZAR; DE LAS DAMAS DE PALACIO

 

No os diremos, como al Cid,

que en cortes no habéis estado,

porque, aunque disimulado,

sé que venís de Madrid.

Señor don Diego, venid

mil veces en hora buena,

y aunque os hayan puesto pena,

haced del palacio plaza,

si no os ha puesto mordaza

la que os puso en su cadena.

 

Decidnos, señor, de aquellas

flores y luces divinas,

en palacio clavellinas

y en el firmamento estrellas;

ángeles que plumas bellas

baten en sus jerarquías,

donde son buenos los días,

pero las noches son malas,

porque al coger de las alas

sienten las plumas muy frías.

 

Galantísimo señor,

deste cielo, la primera

sea el Puerto, y la carrera

de las Indias del amor,

el más hermoso, el mejor

extremeño serafín

que dio a España Medellín.

¡Dichosa la tierra que

besa el cristal de su pie

en la plata del chapín!

 

Allí donde entre alhelíes

Guadïana se dilata,

la pluma peinó de plata

con el pico de rubíes

esta de tantos neblíes

garza real perseguida,

ya que en sus flores le anida

el Tajo glorioso el vuelo,

que en puntas corona el cielo

de ave tan esclarecida.

 

Si la gloria de Chacón

de la cabeza a los pies

azúcar y almendras es,

dulce será el corazón.

Néctar sus palabras son;

mas sepa quien no lo sabe

que, de agudas flechas grave,

en sus palabras, Cupido,

como abeja, está escondido,

en el panal más süave.

 

A la bellísima Cerda,

para el arco que da enojos,

saetas pide a sus ojos

y a su apellido la cuerda,

el niño dios, por que pierda

la libertad y el juicio

quien se lo da en sacrificio.

¡Venturoso el ermitaño

que trajese todo el año

destas cerdas el cilicio!

 

Mucho tiene de admirable

la deidad de Monterrey,

pues al mismo Amor da ley

por lo bello y por lo afable;

cuando dulcemente hable,

cuando dulcemente mire,

¿quién habrá que no suspire?

Cuando corone su frente

de los rayos del oriente,

¿quién habrá que no se admire?

 

De la beldad de las Navas,

dice Amor que, cuando mira,

dorados arpones tira

más que tiene en sus aljabas;

las dos, pues, reales pavas

de la Coruña y Belmar

muy bien pueden coronar

el palacio con sus plumas,

que obscurecen las espumas

del uno y del otro mar.

 

Aquella belleza rara

que adora el Ebro por diosa,

sol es de Villahermosa,

hermosísimo de cara;

aurora luciente y clara

deste sol aragonés,

si no naciera después,

fuera su hermana divina,

mas si no es luna menina,

estrella de Venus es.

 

De la que nació en el mar

las veneras cunas son,

y su hijo en el blasón

nos las hace venerar;

de aquel Fénix singular,

honor de los Pimenteles,

buscad, amantes fïeles,

entre estas conchas la perla,

si dejan sus ojos verla,

que son caribes crüeles.

 

Decidme de aquella dama

gloria del nombre de Ulloa,

que, pues la Invidia la loa,

no es bien la calle la Fama;

cuarta Gracia Amor la llama

en el palacio real,

y a fe que no dice mal

el dios que hiela y abrasa,

que el título de su casa

y las Gracias, todo es sal.

 

La extranjera soberana

que en las montañas no solo,

mas en cuanto pisa Apolo

no la desvió Dïana,

oh venturosa alemana

que privas a cualquier hora

con la casta cazadora:

¡dichoso el que en ti aventura

el logro de tu hermosura

y el favor de tu señora!

 

Aquel resplandor rosado

de la luz que al mundo viene,

aunque es Alvarado, tiene

más de alba que de Alvarado;

no amanece, y da cuidado

a los dulces ruiseñores,

que esperan entre las flores

saludar al rayo nuevo

del lucidísimo Febo

que ha de dorar los alcores.

 

Al Mondego dio cristal,

si de oro al Tajo no arena,

doña Beatriz de Villena,

trofeo de Portugal;

y a la que no tiene igual

en hermosura y saber,

gloria, majestad y ser

de los Osorios de Astorga,

Amor dice que le otorga

sus armas y su poder.

 

Puesta en el brinco pequeño

de Altamira la mira alta,

hallaréis que él solo esmalta

cuantas joyas os enseño;

crecerá, y quitará el sueño

a la beldad y a la gala;

en el balcón y la sala

prestará rayos al sol,

sin que haya ángel español

que no venza ala por ala.

 

Las blancas tocas, señor,

no perdono de la guarda,

mayor sí, pero gallarda

tanto como la menor;

santo y venerable honor

de mi patria y de su estado,

mas pastora de un ganado

que está convidando al lobo,

yo sé decir, aunque bobo,

que a Argos diera cuidado.