María Eugenia Vaz Ferreira

Las quimeras

La isla de los cánticos

Sangre bullente de las bocas rojas,

sangre que brilla

y en recónditos vasos se retrae

cuando fervientes labios se avecinan...

 

Paladar calcinado,

lengua de fuego

que lleva el peregrino

bajo el sol meridiano del desierto

y cuya sed no aplacan

el límpido raudal de los oasis

y el dulce jugo de los cocoteros...

 

Collares desatados,

lacias guirnaldas de los brazos quietos,

ceñidores de amor nunca prendidos

para estrechar los cuellos ofrendarios

y los torsos solícitos...

 

Cuencas de las pupilas

curiosas de figuras,

ebrias de perspectivas deslumbrantes,

conturbadas por blondos espejismos

adonde fácilmente

se borran los mirajes

como en el mar la curva de las olas

y la fugaz estela de las naves...

 

Placa de oro para el son propicia,

fibras de acústica sonora

por donde ruedan todas las palabras

sin imprimir sus líricas rapsodias...

 

Campanas mudas de los corazones,

cosas rebeldes,

también como a vosotros

más de una vez las manos me tendieron

más de una vez riéronme los labios

y se deshizo en cálidos aromas

la brasa de sus rojos incensarios.....

 

También como a vosotros

miráronme gozosas las pupilas,

que rayaron en tórridos incendios

con brillo de fulgentes pedrerías...

 

Mas seguí torvamente y tristemente

porque también me ungieron en mal hora

con sedes y ambiciones sobrehumanas,

con deseos profundos e imposibles,

y voy como vosotros

también inaccesible e impotente,

cargando con la cruz de la quimera,

ajustada a la sien ardua corona,

sin poder claudicar

y sin tocar la carne de la vida

jamás, jamás, jamás.