Miguel Hernández

Recoged esta voz

Viento del pueblo (Poesía en la guerra)

II

 

Pero no lo será: que un mar piafante,

triunfante siempre, siempre decidido,

hecho para la luz, para la hazaña,

agita su cabeza de rebelde diamante,

bate su pie calzado en el sonido

por todos los cadáveres de España.

 

Es una juventud: recoged este viento.

Su sangre es el cristal que no se empaña,

su sombrero el laurel y su pedernal su aliento.

 

Donde clava la fuerza de sus dientes

brota un volcán de diáfanas espadas,

y sus hombros batientes,

y sus talones guían llamaradas.

 

Está compuesta de hombres del trabajo:

de herreros rojos, de albos albañiles,

de yunteros con rostro de cosechas.

Oceánicamente transcurren por debajo

de un fragor de sirenas y herramientas fabriles

y de gigantes arcos alumbrados con flechas.

 

A pesar de la muerte, estos varones

con metal y relámpagos igual que los escudos,

hacen retroceder a los cañones

acobardados, temblorosos, mudos.

 

El polvo no los puede y hacen del polvo fuego,

savia, explosión, verdura repentina:

con su poder de abril apasionado

precipitan el alma del espliego,

el parto de la mina,

el fértil movimiento del arado.

 

Ellos harán de cada ruina un prado,

de cada pena un fruto de alegría,

de España un firmamento de hermosura.

Vedlos agigantar el mediodía

y hermosearlo todo con su joven bravura.

 

Se merecen la espuma de los truenos,

se merecen la vida y el olor del olivo,

los españoles amplios y serenos

que mueven la mirada como un pájaro altivo.

 

Naciones, hombres, mundos, esto escribo:

la juventud de España saldrá de las trincheras

de pie, invencible como la semilla,

pues tiene un alma llena de banderas

que jamás se somete ni arrodilla.

 

Allá van por los yermos de Castilla

los cuerpos que parecen potros batalladores,

toros de victorioso desenlace,

diciéndose en su sangre de generosas flores

que morir es la cosa más grande que se hace.

 

Quedarán en el tiempo vencedores,

siempre de sol y majestad cubiertos,

los guerreros de huesos tan gallardos

que si son muertos son gallardos muertos:

la juventud que a España salvará, aunque tuviera

que combatir con un fusil de nardos

y una espada de cera.