Julio Herrera y Reissig

La dicha

Los éxtasis de la montaña

Todas -blancas ovejas fieles a su pastora-

recogidas en torno del modesto santuario,

agrúpanse las pobres casas del vecindario,

en medio de una dulce paz embelesadora.

 

La buena grey asiste a la misa de aurora...

Entran gentes oscuras, en la mano el rosario;

bendiciendo a los niños, pasa el pulcro vicario

y detrás la llavera, siempre murmuradora...

 

Se come el santuario musgoso la borrica

del doctor, que indignado un sochantre aporrea.

Transparente, en la calle principal, la botica

 

sugestiona a las moscas la última panacea.

Y a «ras» de su cuchillo cirujano, platica

el barbero intrigante: folletín de la aldea.