José de Espronceda

El reo de muerte

II

 

 

Serena la luna

alumbra en el cielo,

domina en el suelo

profunda quietud;

ni voces se escuchan,

ni ronco ladrido,

ni tierno quejido

de amante laúd.

 

 

Madrid yace envuelto en sueño,

todo al silencio convida,

y el hombre duerme y no cuida

del hombre que va a expirar;

si tal vez piensa en mañana,

ni una vez piensa siquiera

en el mísero que espera

para morir, despertar;

 

 

que sin pena ni cuidado

los hombres oyen gritar:

*¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!*

 

 

¡Y el juez también en su lecho

duerme en paz! ¡y su dinero

el verdugo placentero

entre sueños cuenta ya!

Tan sólo rompe el silencio

en la sangrienta plazuela

el hombre del mal que vela

un cadalso al levantar.

 

 

Loca y confusa la encendida mente,

sueños de angustia y fiebre y devaneo

el alma envuelven del confuso reo,

que inclina al pecho la abatida frente.

 

 

Y en sueños

confunde

la muerte,

la vida.

Recuerda

y olvida,

suspira,

respira

con hórrido afán.

 

 

Y en un mundo de tinieblas

vaga y siente miedo y frío,

y en su horrible desvarío

palpa en su cuello el dogal;

y cuanto más forcejea,

cuanto más lucha y porfía,

tanto más en su agonía

aprieta el nudo fatal.

 

 

Y oye ruido, voces, gentes,

y aquella voz que dirá:

*¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!*

 

 

O ya libre se contempla,

y el aire puro respira,

y oye de amor que suspira

la mujer que un tiempo amó,

bella y dulce cual solía,

tierna flor de primavera,

el amor del la pradera

que el abril galán mimó.

 

 

Y gozoso a verla vuela,

y alcanzarla intenta en vano,

que al tender la ansiosa mano

su esperanza a realizar,

su ilusión la desvanece

de repente el sueño impío,

y halla un cuerpo mudo y frío

y un cadalso en su lugar.

 

 

Y oye a su lado en son triste

lúgubre voz resonar:

*¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar*