Pedro Salinas

La concha

Tersa, pulida, rosada

¡cómo la acariciarían,

sí, mejilla de doncella!

 

Entreabierta, curva, cóncava,

su albergue, encaracolada,

mi mirada se hace dentro.

Azul, rosa, malva, verde,

tan sin luz, tan irisada,

tardes, cielos, nubes, soles,

crepúsculos me eterniza.

 

En el óvalo de esmalte

rectas sutiles, primores

de geometría en gracia,

la solución le dibujan,

sin error, a aquel problema

propuesto

en lo más hondo del mar.

 

Pero su hermosura, inútil,

nunca servirá. La cogen,

la miran, la tiran ya.

Desnuda, sola, bellísima

la venera, eco de mito,

de carne virgen, de diosa,

su perfección sin amante

en la arena perpetúa.