María Eugenia Vaz Ferreira

El cazador y la estrella

La isla de los cánticos

A flor de vida van los corazones

como estrellas de mar sobre las aguas.

Van con la onda furtiva, distinta,

en un romántico juego de gracia...

Bogan los corazones

como estrellas de mar sobre las aguas.

Algunas fosforecen en la noche,

o bajo el cabrilleo del sol danzan;

algunas saben la ciencia quimérica

y se plasman en peregrinas formas

de lumen sacro, de frágil materia...

Y como quiere la armonía cósmica

que sean dos los bandos combatientes,

armados van en sus flotantes barcas

los cazadores con redes de oro.

Oh derrotas

bajo el vidrio de las olas sepultas

con transparentes lápidas...

oh victorias que corona la espuma

con risas quedas y con rosas blancas...

prófugas que glisaron audazmente

el rudo afán de los conquistadores,

timón versátil del corsario errante,

idílicos vaivenes

burlando en un zig-zag funambulesco

la majestad de las proras triunfales.

Y tú, viajero, mi dulce enemigo,

que el guerrero atavío llevas quieto,

el mástil sin pendón, la frente inmóvil

bajo el fulgor prismático del iris,

que vas ciego a la luz y sordo al canto,

vanamente los vividos corales

como labios se pegan a tu borda,

anida el viento en tus plegadas velas

y te llaman con fantásticas liras

desde las sirtes las rubias sirenas...

tú no vas solo en la patria sin rutas...

cuando a la vida toda cosa duerme,

descansa el viento en su gruta de nácar,

las ninfas posan la discreta mano

sobre las liras mudas, cuando cierran

su boca azul el florecido loto

y sus ojos las lámparas sidéreas,

cuando nada está vivo, cuando nadie

vivo está más que tú, viajero triste,

una estrella de mar,

la más lunática, la más rebelde,

hija del arte y de la libertad,

al impulso de un arcano deseo,

el alma a media luz, sola y distante,

va siguiendo en silencio hora tras hora

la misteriosa estela de tu nave.